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jueves, 5 de julio de 2018

Epifanía (Oscar Ruiz Navia y Anna Eborn, 2017)

[En el marco del 1º Festival de Cine Colombiano]

No hay nada que me duela más
que el dolor de mis padres
por sus padres muertos.
Cuando brindan calladamente en su memoria,
en un almuerzo frente a su niña linda viva.
Cuando mi mamá le lleva flores
a su mamá en el cementerio.
Oraciones para un Dios ausente, Martha Kornblith

La casa cuenta
todas las noches
uno por uno
a sus ausentes.

Extranjera en mi casa
hasta la sombra me esquiva.
Borrar el paisaje, Cristina Falcón Maldonado

Sería fácil decir que ésta es una breve película sobre tres historias de mujeres vinculadas por la muerte y el nacimiento. Sería fácil decir que en ella están presentes Persona (1966) de Ingmar Bergman, Ordet (1955) de Carl T. Dreyer y, más acá, Luz silenciosa (2008) de Carlos Reygadas. Sobre todo la búsqueda ferviente de Elisabet por la palabra que atraviese. Pero es mucho más sensato callar frente a esta búsqueda copiosa de identidad, de no ser frente a la pérdida. Porque no hay palabra que valga ante el silencio de lo ausente. La palabra busca el consuelo, por lo menos la prueba fehaciente de lo factible. 

La película aborda la pérdida de un ser amado sin discursos, aparte de las palabras iniciales, dichas en sueco y que escuchamos ante una pantalla en negro. Como si no comulgaran en principio imagen y palabra sino a fuerza de intentos, entre forcejeos del alma por encontrar una respuesta siquiera que apacigüe la dificultad de ser después de la muerte.

Después, frente a la ansiada armonía, la reconciliación de un parto natural y en agua como si se tratara de la otra cara de una misma moneda que no entendemos del todo y que intuimos, en el fondo, es la misma historia contada desde diversos ángulos.


lunes, 16 de mayo de 2011

Bergman: Persona (1966)

La crisis de Elisabet. El diagnóstico de la doctora. La confianza de Alma. La estadía en la casa a las orillas de la playa. Una identidad asible y posible. Incluso Alma y Elisabet. La película como conciencia de ser película. ¿Acaso todo esto podría ser un sueño?

Viendo de nuevo las imágenes de Persona, ahora como dos segmentos, o dos reflejos de un mismo espejo: a partir de esos días en la playa - los sueños de una estadía - y a través de la reiteración de que estamos ante una película - los sueños de la identidad -, cada una de sus imágenes adquieren la angustia de la ambigüo. No de la vaguedad, esa que permite escapar de lo real. Más bien, son sueños que, al tenerlos dormidos en nosotros e imaginarlos sabiendo que son creación, sí, pero de nuestra más callada intimidad, los soñamos con el placer de encontrar siquiera una textura otra que se quede en nosotros, sin que lo recordemos, como el amanecer que llevamos en nosotros al despertar cada mañana, aunque no lo hayamos visto.

¿Es este sueño, ambiguo como una imagen pero preciso como una pesadilla, en lo que se traduce la identidad? Elisabet y Alma podrían ser vistas - por lo tanto leídas - como metáforas del cuerpo, de la religión, del arte, pero esto sería caer en las trampas de la fe y lo trascendente para evadir lo más íntimo, este abismo que las bordea a ambas, una de otra, una en otra: el silencio, estancia donde cualquier metáfora se renueva al borde de su fragilidad, la imagen. Si hablar con Elisabet es traducir una piedra - como esa lectura que le hace Alma en la playa donde, del primer plano del rostro de Elisabet, siguen planos paisajes de piedras mientras se escucha la lectura -, su silencio es un espejo que convierte las palabras de la doctora, de su esposo y de Alma en ecos sordos de ellos mismos, murmullos que apenas alcanzan el contorno de Elisabet, esa línea frágil que la separa de todo lo demás donde apenas la mirada nos mantiene en vilo.
Como en esta escena, donde la música va dejando en sombras el rostro de Elisabet hasta que sólo las pupilas de sus ojos sostengan la sombra - ¿y no es acaso así como nos sostiene el arte? -, la mirada traza la experiencia a partir de esbozos y borrones. La mirada, la de la cámara, la de los personajes y la de nosotros espectadores, se articula como un plano-contraplano que busca su identidad, su continuidad, en el otro, en lo que tiene al frente y lo confronta. En esta necesidad del otro - de sus palabras, de su compañía, de sus gestos -, más que una relación vampírica de succionarle su vida hasta encontrar algo propio, siquiera un amago de reconocimiento, Elisabet y Alma, una en la otra, ya están hechas de estas relaciones, relaciones para continuar sus vidas, casarse y tener hijos, llevar a cabo un papel y terminar la filmación, en fin, seguir trabajando que es seguir actuando. Decir que esta es una relación vampírica sería quedarse con la sangre que chupa Elisabet del brazo de Alma, quedarse con la "nada" que repite Elisabet, sin ver que ya esta no es una relación terrible que ensordece nuestra rutina, sino que permite que la película termine y sigamos viviendo, no sin antes ver la pizca de egoísmo en torno a la que giran nuestras vidas, para creer que la película terminó cuando ya ha ido configurando nuestra manera de ver las cosas, creer que nos ha brindado una mirada aunque también tomó de la nuestra para hacerse visible. Y así como nos preguntamos ¿dónde quedan las miradas de la historia, asomadas en escenas de guerra y protestas, de una mano crucificada, de un cortometraje de los comienzos del cine, de un pene, de un sacrificio, incongruencias que inician la película como una mirada que carga con una historia de imágenes pero que no le interesa detenerse en ellas, sino exhibirlas?, quedamos con la desarmante inquietud de si la película nos ha exhibido a nosotros también, hasta desnudar nuestro aislamiento en estas dos pupilas, fijas, islas, en busca de sentido. Y cuando nos vemos en el espejo, a ratos nos pareciera ser dos mitades diferentes, ser dos rostros, dos reflejos de asimetría que la mirada desea unificar en uno solo.