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lunes, 19 de febrero de 2018

Llámame por tu Nombre (Luca Guadagnino, 2017): Por una arqueología del amor

Abandono gozosamente tareas monótonas, escrúpulos razonables, conductas reactivas, impuestas por el mundo, en provecho de una tarea inútil, surgida de un Deber resplandeciente: el Deber amoroso. Hago discretamente cosas locas; soy el único testigo de mi locura. Lo que el amor desnuda en mí es la energía.

Nos enamoramos por primera vez sin saber muy bien, sin siquiera sospechar, que terminaremos profundamente heridos. Y eso al principio poco importa frente al jugueteo amoroso. Nos lleva por la geografía desconocida de otro cuerpo, otra voz, otras experiencias. ¿Acaso Llámame por tu Nombre nos invite a darle la bienvenida al dolor contemplando la plenitud que fuimos hace un tiempo?

El filme, nominado a cuatro premios de la Academia (Película, Actor, Guión Adaptado y Canción Original -"Mystery of Love"-) y a estrenarse este jueves 22 de febrero en Argentina, trata sobre el enamoramiento veraniego entre Elio (Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer), el nuevo asistente de su padre (Michael Stuhlbarg). Pasan seis semanas entre el ordenamiento de investigaciones arqueológicas, discusiones filológicas, desayunos y almuerzos al aire libre, paseos y juegos en apariencia discretos.


Usualmente tendemos a darle perspectiva a una adaptación cinematográfica a través de su fidelidad con el material original. Olvidamos que son dos medios diferentes. Lo que ocurre en el libro en varias páginas tiene que mostrarse más brevemente en el filme, omitirse o hacer que algún personaje lo diga. El encanto de este caso particular es tal que le permite a sus protagonistas tener la mayor intimidad posible en Roma, omitiendo a esos molestos amigos de Oliver que lo invitaban a la presentación de un libro en la novela de André Aciman.

Hay elisiones en la película con respecto al libro, pero James Ivory, el guionista conocido por dirigir varios clásicos literarios en los 80s y 90s, enriquece la química de Elio y Oliver manteniendo los momentos más íntimos. Son íntimos porque descubren a los personajes jugando, un tanto tiernos, un tanto ariscos, siempre enamorados y joviales. Y además James le permite instantes resonantes a sus personajes secundarios, como ese hermoso monólogo que Michael Stuhlbarg interpreta tan francamente, la reconciliación con Marzia (Esther Garrel) o ese silencio compartido entre Elio y Annella (Amira Casar), su madre, estos dos últimos que ni siquiera están en el libro.

Por su lado. Luca Guadagnino esboza una arqueología del amor a través de las conversaciones, la música (¡cómo no erizarse cuando suena la voz de Sufjan Stevens!) y las estatuas. A ratos Elio y Oliver parecen dos estatuas vivientes, no sólo por su fisonomía, sino por la cultura que rezuma en sus diálogos, en sus gestos, en sus silencios. 


¿Qué mirada me desnudó frente a ti? ¿Cuál frase tuya que me molesta llegaré a extrañar e, incluso, a decir en tu ausencia para evocarte siquiera en una cita? ("Later!") ¿Qué objetos trazan nuestra investigación amorosa: los shorts, la camisa, la estrella, los libros, el durazno? Se crea así un universo erótico que nos contiene en la ausencia del otro, o al menos pareciera contenernos porque en el reconocimiento de la soledad está el abismo.

Y así llega el invierno, frente a la ausencia. al blanco y al silencio; después de una despedida sin palabras pero con un abrazo fuerte que busca la repetición. Por amores como éstos es que volvemos al cine, por la ilusión y el recuerdo de que somos el otro mientras amamos. "Llámame por tu nombre y yo te llamaré por el mío", como una contraseña entre amantes, un rezo que sólo ellos conocen, es el compromiso que quedará por los años por venir, cuando cada uno tenga su vida particular y aunque "recuerdo todo lo que pasó".

El gesto del abrazo amoroso parece cumplir, por un momento, para el sujeto, el sueño de la unión total con el ser amado.

Eduardo Elechiguerra
@EElechiguerra


*Las citas en cursiva pertenecen a Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes.

jueves, 15 de febrero de 2018

Anticipación a Call Me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017)

What never crossed my mind was that someone else who lived under our roof (...) in my immediate world might like what I liked, want what I wanted, be who I was.

(...) don't hurt me, which meant, hurt me all you want.

Did you know I came in your mouth last night?

People who read are hiders. They hide who they are. People who hide don't always like who they are.

Perhaps the physical and the metaphorical meanings are clumsy ways of understanding what happens when two beings need, not just to be close together, but to become totally ductile that each becomes the other. To be who I am because of him. To be who he was because of me.
Call Me By Your Name, André Aciman

Para apaciguar la impaciencia por el filme interpretado por Thimotée Chalamet y Armie Hammer que se estrena el 22 de febrero en las salas argentinas, cometí el insulto de buscar el libro por internet. Es un insulto porque soy de quienes defiende la lectura en físico. Pocas cosas hay en la vida como detallar el trabajo de edición dedicado a la obra, oler las páginas y efectivamente pasarlas a medida que nos adentramos en estas vidas escritas. Manguel exploraba en Bibliotecas toda la geografía que se desarrolla en el acto de leer un libro, en el recorrido de la mirada, que si bien ocurre frente a la pantalla de una manera similar, pasa con una distancia impuesta. Pero divago.

Quien haya visto el tráiler del filme, quien ya haya visto la película por internet o quien haya leído el libro; sabrán que esta es la historia, situada en un pueblo de Italia, de un primer amor entre Elio, un chico de 17 años, que se enamora del asistente de verano de su padre, Oliver.

La lectura, repleta de emoción, hizo espejeo con mis propios enamoramientos y deseos de adolescente. Me pareció que la energía de Elio cogió cuerpo a lo largo de las primeras ochenta o noventa páginas del "libro" (¿cómo llamar libro a algo que leí en el celular?), de la novela, digamos. Y sobrepasó las etiquetas que encontré en internet investigando un poco más sobre André Aciman, el autor; etiquetas como "novela rosa". La historia de Aciman tiene las tonalidades vivas de ese durazno con el que Elio y Oliver tremendean: rosa, sí, pero con pinceladas rojas, amarillas y naranjas. Tiene las tonalidades de los trajes de baño que Oliver viste alternadamente: rojo, verde y azul. De rosa tiene el enamoramiento, y los homofóbicos o burlones dirían el "mariqueo", pero el color de la perversión y el deseo es mucho más intenso. 

Aciman hace que las acciones de los personajes principales fluyan enérgicamente. Es una lectura emocionante cuando el propio personaje reconoce que, en medio de tales paisajes naturales, ha hecho viajes apasionantes a través de la lectura. La novela en sí misma se convierte en un viaje de ésos; un viaje que uno quisiera hacer mientras no se da cuenta de que ya lo está haciendo a través de una lectura tan liberadora de la pasión y el primer amor. Porque qué mejor manera de retratar el amor si no es a través de la confusión de las sensaciones, emociones y pensamientos. El amor no es unívoco y es esto lo que explora Aciman sobre todo desde el personaje de Elio. El amor no es sólo puro, sino perverso y vengativo también, como cuando Elio piensa que Oliver se está acostando con todas las mujeres el pueblo, así que él se acuesta con Marzia.

Al final, el devaneo amoroso se va apagando para que la separación no sea un golpe. Que mejor quede como recuerdo las seis semanas de ese verano: la ventana francesa, la cama, el durazno, las tardes silenciosas, los recorridos trotando, las mañanas de natación, el secreteo, las caminatas. Y no el dolor. O no tanto el dolor ni la ausencia. Ya tendremos tanto, tantísimo de eso.