En un momento en el que la medicina institucional parece absorberlo todo, el documental “Sinahal, Señora de los Partos” (México, 2024) devuelve la mirada hacia los saberes considerados subalternos y que se preservan en las comunidades rurales, en la memoria colectiva y en la transmisión íntima entre generaciones de mujeres. La directora Glenny Torres construye una obra profundamente humana, respetuosa y sensible sobre la partería tradicional, pero también sobre la espiritualidad, la resistencia cultural y la persistencia de conocimientos ancestrales que durante décadas han sido minimizados por la hegemonía médica.
Distribuida por Alphaville Cinema y realizada en México, la película se acerca a la figura de Doña Rafa, una partera del sur del país cuya vocación no nació desde la educación formal, sino desde los sueños. Cabe decir que en distintas regiones del sur de México, el “don” ligado a la partería forma parte de una cosmovisión ancestral donde el conocimiento se transmite mediante señales, intuiciones, revelaciones espirituales y aprendizajes comunitarios entre mujeres. El documental recupera esta dimensión con enorme respeto, evitando exotizar a sus protagonistas o convertirlas en objetos etnográficos.
La premisa es sencilla y poderosa: Doña Rafa comparte su experiencia como partera tradicional y recuerda el papel fundamental de su esposo, Don Julio, quien también ejerció la partería. Más que un acompañante, Don Julio aparece como una figura decisiva en la consolidación de su trabajo, al impulsar su formación como partera y auxiliar de salud, tendiendo puentes entre el conocimiento comunitario y ciertas prácticas institucionales. A partir de esta relación, "Sinahal" explora no sólo el acto de asistir nacimientos, sino la construcción colectiva del cuidado y la salud en contextos donde el Estado suele llegar tarde, o simplemente no llega.
La intención de Glenny Torres parece ir más allá del simple registro documental. La directora busca compartir la fuerza y la sabiduría ancestral de las mujeres parteras, particularmente de los pueblos mayas, cuyas prácticas han sobrevivido gracias a la transmisión oral y comunitaria. Ahí reside una de las mayores potencias de la película: mostrar el parto no como una emergencia médica deshumanizada, sino como un proceso profundamente físico, emocional y espiritual donde el cuidado colectivo, el respeto y la empatía ocupan el centro.
El documental transmite con enorme sensibilidad la fuerza de las mujeres dando a luz acompañadas por la presencia amorosa, casi maternal, de Doña Rafa. Su manera de mirar, tocar y hablar revela una ética del cuidado basada en la escucha y el respeto absoluto hacia la corporalidad femenina. A ello se suma la presencia de Doña Tina (q.e.p.d.), cuyos masajes y prácticas de sanación para ayudar a concebir amplían el horizonte de la película hacia una comprensión integral del bienestar de las mujeres. Lejos de presentar estas prácticas como curiosidades folclóricas, en "Sinahal" se las reconoce como expresiones legítimas de conocimiento ancestral y resistencia cultural.
Uno de los mayores aciertos del documental reside precisamente en su sensibilidad para observar. Glenny opta por una cámara paciente, cercana y contemplativa. Comprende que la fuerza de la historia está en la palabra, en los silencios y en la presencia de estas mujeres sabias. La película parece respirar al ritmo de sus relatos y de la relación afectiva que mantienen con su entorno. Esa decisión formal construye una atmósfera íntima y coherente con su tema central: el parto como una experiencia humana, transgeneracional y comunitaria, una visión más amplia que sólo un procedimiento clínico.
La figura de Doña Rafa se convierte en el corazón de la película. No se trata únicamente de una mujer que ayuda a traer vidas al mundo, sino de alguien que encarna una tradición de cuidados sostenida históricamente por mujeres en comunidades rurales e indígenas. En ese sentido, el documental dialoga con debates contemporáneos sobre la medicalización de las corporalidades de las mujeres, la violencia obstétrica y la importancia de reconocer los saberes comunitarios de las mujeres como parte fundamental de la salud pública.
Resulta especialmente significativo que estas mujeres sostengan una idea que aún hoy sigue siendo motivo de disputa en muchos sistemas sanitarios: el parto debe ser acompañado, respetuoso y humanizado. También reivindican la importancia del cuidado posterior al nacimiento, no sólo desde el ámbito médico, sino también desde el acompañamiento emocional y espiritual.
Visualmente, el documental apuesta por la sobriedad. Esa decisión favorece la autenticidad del relato. La fotografía privilegia los espacios cotidianos, las corporalidades y los gestos mínimos, permitiendo que la dimensión humana prevalezca sobre cualquier artificio visual. La atmósfera transmite calidez y cercanía, mientras que el ritmo pausado construye una experiencia contemplativa que invita más a la reflexión que al consumo acelerado de información.
Otro elemento particularmente valioso es la manera en que la película coloca en el centro la dimensión espiritual de la partería sin romantizarla. En tiempos donde el discurso racionalista suele invalidar todo conocimiento no institucional, "Sinahal" plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué saberes se pierden cuando las comunidades dejan de transmitir sus formas tradicionales de cuidado?
La película no rechaza la medicina moderna; más bien evidencia la tensión entre ésta y las prácticas ancestrales que históricamente sostuvieron a miles de comunidades mexicanas. También muestra que ambos saberes pueden dialogar y complementarse en favor de la salud de las mujeres y sus hijos e hijas. La práctica de la partería aparece así no sólo valorada por las comunidades locales, sino también por mujeres provenientes del interior y exterior del país que viajan en busca de estas mujeres sabias.
Dentro del panorama reciente del documental mexicano, la obra de Glenny Torres se inserta en una línea de cine interesado en las memorias comunitarias y las resistencias culturales frente a los modelos homogenizantes de desarrollo. La directora apuesta por la observación sensible y por la dignificación de sus personajes. Ahí radica buena parte de la potencia política de la película: mostrar que la resistencia también habita en los cuidados, en la transmisión oral y en la persistencia de las prácticas comunitarias.
En ese sentido, "Sinahal" dialoga de manera significativa con "La primera sonrisa", documental de la directora Guadalupe Sánchez Sosa (Colectivo Cine Mujer, México). Estrenada en 2014, la película sigue el recorrido de un grupo internacional de parteras convocadas por la reconocida partera Naolí Vinaver entre México y Brasil para profundizar en su oficio y convertir el acompañamiento al parto en un proceso de sanación colectiva. A través de talleres de herbolaria, técnicas de rebozo y testimonios de mujeres embarazadas que comparten sus miedos y experiencias corporales, "La primera sonrisa" construye un retrato íntimo sobre el redescubrimiento de la naturaleza femenina y la reapropiación del cuerpo frente a las violencias médicas e institucionales.
La relación entre ambos documentales resulta significativa porque evidencian una línea de cine interesado en resignificar el parto desde perspectivas humanizadas y descolonizadas. Tanto "La primera sonrisa" como "Sinahal" entienden la partería no sólo como práctica sanitaria, sino como un conocimiento ancestral sostenido históricamente por mujeres y vinculado con el cuidado colectivo, la espiritualidad y la autonomía corporal. En ambas películas, la corporalidad de las mujeres deja de ser tratado como territorio clínico para convertirse en espacio de memoria, acompañamiento y resistencia.
Sin embargo, mientras "La primera sonrisa" posee una dimensión más colectiva y transnacional, enfocada en el intercambio de saberes entre parteras de distintas partes del mundo, "Sinahal" apuesta por una aproximación más íntima y territorial. Glenny Torres concentra su mirada en la experiencia concreta de Doña Rafa y Doña Tina, situando la sabiduría ancestral de las mujeres mayas como eje emocional y político del relato.
Esa diferencia de enfoque permite que ambas películas se complementen dentro de un corpus documental más amplio sobre maternidad, parto respetado, medicina tradicional y saberes ancestrales de las mujeres en América Latina. Las dos comparten una preocupación fundamental: recuperar la dignidad de los procesos de nacimiento y cuestionar la medicalización excesiva del cuerpo de las mujeres.
La importancia de "Sinahal" dentro de esta tradición documental radica en su capacidad para articular esa discusión desde una sensibilidad profundamente local y comunitaria. La película no sólo documenta prácticas ancestrales como la herbolaria o los masajes; también registra una filosofía del cuidado donde acompañar, escuchar y respetar los tiempos del cuerpo forman parte esencial del nacimiento. En una época marcada por la deshumanización de muchos sistemas de salud, el documental recuerda que traer una vida al mundo también puede ser un acto de comunidad, memoria y ternura colectiva.
"Sinahal, Señora de los Partos" permanece por la honestidad de su mirada y por la relevancia cultural de aquello que documenta. En tiempos dominados por la productividad y la velocidad, el filme de Glenny Torres reivindica algo profundamente humano: el cuidado como acto de resistencia y el conocimiento ancestral como patrimonio vivo.
La película se estrenará el próximo 8 de mayo en espacios como la Cineteca Nacional de las Artes, la Cineteca Nacional Chapultepec y salas del circuito independiente como Cine Tonalá.
MariNú


No hay comentarios:
Publicar un comentario