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jueves, 7 de mayo de 2026

Sinahal: Señora de los Partos

En un momento en el que la medicina institucional parece absorberlo todo, el documental “Sinahal, Señora de los Partos” (México, 2024) devuelve la mirada hacia los saberes considerados subalternos y que se preservan en las comunidades rurales, en la memoria colectiva y en la transmisión íntima entre generaciones de mujeres. La directora Glenny Torres construye una obra profundamente humana, respetuosa y sensible sobre la partería tradicional, pero también sobre la espiritualidad, la resistencia cultural y la persistencia de conocimientos ancestrales que durante décadas han sido minimizados por la hegemonía médica.


Distribuida por Alphaville Cinema y realizada en México, la película se acerca a la figura de Doña Rafa, una partera del sur del país cuya vocación no nació desde la educación formal, sino desde los sueños. Cabe decir que en distintas regiones del sur de México, el “don” ligado a la partería forma parte de una cosmovisión ancestral donde el conocimiento se transmite mediante señales, intuiciones, revelaciones espirituales y aprendizajes comunitarios entre mujeres. El documental recupera esta dimensión con enorme respeto, evitando exotizar a sus protagonistas o convertirlas en objetos etnográficos.


La premisa es sencilla y poderosa: Doña Rafa comparte su experiencia como partera tradicional y recuerda el papel fundamental de su esposo, Don Julio, quien también ejerció la partería. Más que un acompañante, Don Julio aparece como una figura decisiva en la consolidación de su trabajo, al impulsar su formación como partera y auxiliar de salud, tendiendo puentes entre el conocimiento comunitario y ciertas prácticas institucionales. A partir de esta relación, "Sinahal" explora no sólo el acto de asistir nacimientos, sino la construcción colectiva del cuidado y la salud en contextos donde el Estado suele llegar tarde, o simplemente no llega.


La intención de Glenny Torres parece ir más allá del simple registro documental. La directora busca compartir la fuerza y la sabiduría ancestral de las mujeres parteras, particularmente de los pueblos mayas, cuyas prácticas han sobrevivido gracias a la transmisión oral y comunitaria. Ahí reside una de las mayores potencias de la película: mostrar el parto no como una emergencia médica deshumanizada, sino como un proceso profundamente físico, emocional y espiritual donde el cuidado colectivo, el respeto y la empatía ocupan el centro.


El documental transmite con enorme sensibilidad la fuerza de las mujeres dando a luz acompañadas por la presencia amorosa, casi maternal, de Doña Rafa. Su manera de mirar, tocar y hablar revela una ética del cuidado basada en la escucha y el respeto absoluto hacia la corporalidad femenina. A ello se suma la presencia de Doña Tina (q.e.p.d.), cuyos masajes y prácticas de sanación para ayudar a concebir amplían el horizonte de la película hacia una comprensión integral del bienestar de las mujeres. Lejos de presentar estas prácticas como curiosidades folclóricas, en "Sinahal" se las reconoce como expresiones legítimas de conocimiento ancestral y resistencia cultural.


Uno de los mayores aciertos del documental reside precisamente en su sensibilidad para observar. Glenny opta por una cámara paciente, cercana y contemplativa. Comprende que la fuerza de la historia está en la palabra, en los silencios y en la presencia de estas mujeres sabias. La película parece respirar al ritmo de sus relatos y de la relación afectiva que mantienen con su entorno. Esa decisión formal construye una atmósfera íntima y coherente con su tema central: el parto como una experiencia humana, transgeneracional y comunitaria, una visión más amplia que sólo un procedimiento clínico.


La figura de Doña Rafa se convierte en el corazón de la película. No se trata únicamente de una mujer que ayuda a traer vidas al mundo, sino de alguien que encarna una tradición de cuidados sostenida históricamente por mujeres en comunidades rurales e indígenas. En ese sentido, el documental dialoga con debates contemporáneos sobre la medicalización de las corporalidades de las mujeres, la violencia obstétrica y la importancia de reconocer los saberes comunitarios de las mujeres como parte fundamental de la salud pública.


Resulta especialmente significativo que estas mujeres sostengan una idea que aún hoy sigue siendo motivo de disputa en muchos sistemas sanitarios: el parto debe ser acompañado, respetuoso y humanizado. También reivindican la importancia del cuidado posterior al nacimiento, no sólo desde el ámbito médico, sino también desde el acompañamiento emocional y espiritual.


Visualmente, el documental apuesta por la sobriedad. Esa decisión favorece la autenticidad del relato. La fotografía privilegia los espacios cotidianos, las corporalidades y los gestos mínimos, permitiendo que la dimensión humana prevalezca sobre cualquier artificio visual. La atmósfera transmite calidez y cercanía, mientras que el ritmo pausado construye una experiencia contemplativa que invita más a la reflexión que al consumo acelerado de información.


Otro elemento particularmente valioso es la manera en que la película coloca en el centro la dimensión espiritual de la partería sin romantizarla. En tiempos donde el discurso racionalista suele invalidar todo conocimiento no institucional, "Sinahal" plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué saberes se pierden cuando las comunidades dejan de transmitir sus formas tradicionales de cuidado?


La película no rechaza la medicina moderna; más bien evidencia la tensión entre ésta y las prácticas ancestrales que históricamente sostuvieron a miles de comunidades mexicanas. También muestra que ambos saberes pueden dialogar y complementarse en favor de la salud de las mujeres y sus hijos e hijas. La práctica de la partería aparece así no sólo valorada por las comunidades locales, sino también por mujeres provenientes del interior y exterior del país que viajan en busca de estas mujeres sabias.


Dentro del panorama reciente del documental mexicano, la obra de Glenny Torres se inserta en una línea de cine interesado en las memorias comunitarias y las resistencias culturales frente a los modelos homogenizantes de desarrollo. La directora apuesta por la observación sensible y por la dignificación de sus personajes. Ahí radica buena parte de la potencia política de la película: mostrar que la resistencia también habita en los cuidados, en la transmisión oral y en la persistencia de las prácticas comunitarias.


En ese sentido, "Sinahal" dialoga de manera significativa con "La primera sonrisa", documental de la directora Guadalupe Sánchez Sosa (Colectivo Cine Mujer, México). Estrenada en 2014, la película sigue el recorrido de un grupo internacional de parteras convocadas por la reconocida partera Naolí Vinaver entre México y Brasil para profundizar en su oficio y convertir el acompañamiento al parto en un proceso de sanación colectiva. A través de talleres de herbolaria, técnicas de rebozo y testimonios de mujeres embarazadas que comparten sus miedos y experiencias corporales, "La primera sonrisa" construye un retrato íntimo sobre el redescubrimiento de la naturaleza femenina y la reapropiación del cuerpo frente a las violencias médicas e institucionales.


La relación entre ambos documentales resulta significativa porque evidencian una línea de cine interesado en resignificar el parto desde perspectivas humanizadas y descolonizadas. Tanto "La primera sonrisa" como "Sinahal" entienden la partería no sólo como práctica sanitaria, sino como un conocimiento ancestral sostenido históricamente por mujeres y vinculado con el cuidado colectivo, la espiritualidad y la autonomía corporal. En ambas películas, la corporalidad de las mujeres deja de ser tratado como territorio clínico para convertirse en espacio de memoria, acompañamiento y resistencia.


Sin embargo, mientras "La primera sonrisa" posee una dimensión más colectiva y transnacional, enfocada en el intercambio de saberes entre parteras de distintas partes del mundo, "Sinahal" apuesta por una aproximación más íntima y territorial. Glenny Torres concentra su mirada en la experiencia concreta de Doña Rafa y Doña Tina, situando la sabiduría ancestral de las mujeres mayas como eje emocional y político del relato.


Esa diferencia de enfoque permite que ambas películas se complementen dentro de un corpus documental más amplio sobre maternidad, parto respetado, medicina tradicional y saberes ancestrales de las mujeres en América Latina. Las dos comparten una preocupación fundamental: recuperar la dignidad de los procesos de nacimiento y cuestionar la medicalización excesiva del cuerpo de las mujeres.


La importancia de "Sinahal" dentro de esta tradición documental radica en su capacidad para articular esa discusión desde una sensibilidad profundamente local y comunitaria. La película no sólo documenta prácticas ancestrales como la herbolaria o los masajes; también registra una filosofía del cuidado donde acompañar, escuchar y respetar los tiempos del cuerpo forman parte esencial del nacimiento. En una época marcada por la deshumanización de muchos sistemas de salud, el documental recuerda que traer una vida al mundo también puede ser un acto de comunidad, memoria y ternura colectiva.


"Sinahal, Señora de los Partos" permanece por la honestidad de su mirada y por la relevancia cultural de aquello que documenta. En tiempos dominados por la productividad y la velocidad, el filme de Glenny Torres reivindica algo profundamente humano: el cuidado como acto de resistencia y el conocimiento ancestral como patrimonio vivo.


La película se estrenará el próximo 8 de mayo en espacios como la Cineteca Nacional de las Artes, la Cineteca Nacional Chapultepec y salas del circuito independiente como Cine Tonalá.

MariNú


Fotografía: MariNú


miércoles, 8 de abril de 2026

Obispo Rojo: cuando la fe deja de obedecer y se convierte en resistencia

 “Obispo Rojo” | Dir. Francesco Taboada Tabone | México | 2024 | 185 mins.


Un obispo que decide ponerse del lado de las personas oprimidas debe enfrentar la persecución de la Iglesia y el poder político para proteger a su comunidad, aun cuando esa lucha lo conduzca a situaciones difíciles, demostrando que la fe verdadera exige compromiso y no obediencia ciega.


Hay películas que incomodan lo suficiente como para obligarnos a repensar el mundo. “Obispo rojo” de Francesco Taboada Tabone, es una de ellas. No es un documental complaciente ni ligero, es una obra densa, provocadora y profundamente política que, desde sus primeros minutos, nos lanza una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué ocurre cuando la fe deja de obedecer y comienza a resistir?


La película tuvo su premier el pasado 7 de abril en la Sala 10 de la Cineteca Nacional (Xoco), y su estreno comercial este 9 de abril la posiciona como una de las propuestas documentales más relevantes del circuito actual, con presencia tanto en salas comerciales (Cinépolis y Cinemex) como en espacios clave del cine independiente como Cine Tonalá y la propia Cineteca Nacional y de las Artes. No es menor, su distribución, a cargo de Alfhaville Cinema, anticipa una conversación pública que trasciende lo cinematográfico.



Crédito de Fotografía: Maricruz Gómez López


Francesco Taboada Tabone (1973), cineasta morelense con formación en comunicación y estudios mesoamericanos, ha construido a lo largo de su trayectoria una filmografía comprometida con la memoria histórica y las luchas sociales. Desde “Los últimos zapatistas” (2001) hasta “13 pueblos en defensa del agua, el aire y la tierra” (2008), su mirada ha sido consistente: el cine como herramienta de resistencia. En “Obispo rojo”, ese compromiso alcanza una madurez notable. Aquí interviene activamente en la memoria latinoamericana, desenterrando una figura incómoda para las narrativas oficiales: Sergio Méndez Arceo.


El documental, de casi tres horas de duración, reconstruye la vida del obispo de Cuernavaca que, en pleno contexto de la Guerra Fría, decidió romper con la Iglesia tradicional para abrazar la teología de la liberación y alinearse con obreros, campesinos, exiliados y movimientos sociales. A través de una investigación hemerográfica rigurosa, material de archivo inédito y testimonios de figuras como Enrique Dussel, Leonardo Boff, Silvia Marcos y Teresa Forcades, la película no sólo recupera a un personaje silenciado, sino que lo reinstala como un actor clave en la historia social, política y religiosa de América Latina.


Crédito de Fotografía: Maricruz Gómez López


El documental abre con una escena reconstruida que funciona como declaración de intenciones: el momento en que nace el mote “Obispo Rojo”. A su regreso del encuentro Católicos por el socialismo (1973), celebrado en el Chile de Salvador Allende, Sergio Méndez Arceo es recibido en el aeropuerto por un grupo extremista que lo agrede arrojándole tinta roja, en un acto que mezcla violencia simbólica y escarmiento político. La secuencia, cargada de tensión, no sólo marca el origen del apodo impuesto por la prensa derechista, sino que instala desde el inicio el conflicto central: un obispo que ha decidido dejar de ser juez para convertirse en parte. La imagen de su cuerpo manchado de rojo condensa, con potencia visual, la incomodidad que genera una fe que se alinea con las personas pobres y la actitud paciente de Mendez Arceo. Así, la película no tarda en posicionar a su protagonista como una figura disidente, alguien que encarna, desde el primer plano, una consigna urgente y profundamente política: hacen falta obispos del lado de los pobres.


Por otra parte, uno de los mayores aciertos del filme está en su estructura narrativa. Taboada evita la biografía lineal para apostar por bloques temáticos que permiten observar la transformación ética del personaje, de una postura conservadora a una espiritualidad comprometida con las personas oprimidas. El punto de quiebre: cuando un obrero le confronta diciéndole “usted no sabe nada de los pobres”, no sólo humaniza al obispo, sino que condensa el núcleo político del documental: escuchar al otro implica.


Por otra parte, “Obispo rojo” se distancia del documental histórico tradicional y se acerca al contracine. La inclusión de dramatizaciones y una estética que dialoga con el cine setentero rompe con la ilusión de objetividad. Aquí la historia no es un archivo neutro, tal como Mendez afirmó no ser neutral, sino parte; es una construcción ideológica en disputa. Esta decisión no es menor, en un contexto donde las derechas endurecen sus discursos, debatir la forma de narrar el pasado es también una forma de acción política.


Visualmente, la fotografía de Fernanda Robinson logra una integración orgánica entre archivo en blanco y negro y material contemporáneo, generando una temporalidad expandida donde pasado y presente dialogan constantemente. Destaca el acompañamiento musical, que oscila entre lo litúrgico, el mariachi y el jazz, y refuerza esta tensión entre lo institucional y lo popular, entre lo sagrado y lo disidente. El testimonio de Tino Contreras resulta relevante y complementa perfectamente con el uso de “Santo” como leitmotiv. También es particularmente potente el uso del mariachi en la misa, que funciona muy bien para marcar la ruptura simbólica con la solemnidad eclesial tradicional.


Un elemento que merece particular atención es el cartel oficial de la película, diseñado por el estudio mexicano Gran OM, reconocido por su trabajo en gráfica cultural y cinematográfica con fuerte carga simbólica y política, ya que incluye a personajes relevantemente históricos como Lucio Cabañas, Salvador Allende y “El Ché” Guevara y a quienes participan brindando su testimonio como Fray Gabriel Chávez de la Mora. Este colectivo ha construido una identidad visual que dialoga con la tradición del cartel político latinoamericano, por ejemplo, el mexicano de los años sesenta y setenta, donde la imagen no sólo promociona, sino que también toma postura. En el caso de “Obispo rojo”, el cartel apuesta por una estética contundente: el uso del rojo no es casual, funciona como signo ideológico que remite tanto a la acusación histórica hacia Méndez Arceo, como a su vínculo con las luchas sociales. La composición, que privilegia el rostro del obispo en clave casi icónica, lo sitúa entre lo sacro y lo insurgente, tensionando la idea tradicional de autoridad religiosa. Hay en su diseño una economía visual que potencia su impacto: no satura, sino que condensa. Así, el cartel no sólo acompaña a la película, extiende su discurso, convirtiéndose en una pieza que dialoga con la memoria gráfica de la resistencia y que, al igual que el documental, nos recuerda que toda imagen también es un campo de disputa.


Este documental también parece abrir un terreno fértil y problemático. Por un lado, propone una masculinidad disidente: Méndez Arceo no es el patriarca autoritario, sino un sujeto que se deja interpelar, que escucha, que se alinea con las luchas sociales e incluso sostiene posturas progresistas sobre el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Por otro, persiste el riesgo de la narrativa del “gran hombre”, donde las mujeres y las colectividades pueden quedar en segundo plano. No obstante, la inclusión de voces como Sylvia Marcos y Teresa Forcades, por ejemplo, sugiere una tentativa de descentralización del relato, apostando por una construcción coral del pensamiento.


El documental también dialoga con otras obras que han explorado la tensión entre Iglesia, cuerpo y disidencia. La referencia al convento de Ahuacatitlán y su vínculo con prácticas psicoanalíticas del Centro Emaús remite, inevitablemente, al film “Feral" (2021) de Andrés Kaiser y al texto "Pueblo rechazado" de Vicente Leñero, en el que se basa el primero. En dichos casos, lo que emerge es una constante: las instituciones religiosas han reprimido sistemáticamente los intentos de transformación profunda, silenciando de forma violenta a quienes se atrevieron a imaginar otras formas de espiritualidad.


En términos más amplios, “Obispo rojo” parece inscribirse en la tradición del Tercer Cine latinoamericano, particularmente en su vocación de intervenir en la realidad más que representarla pasivamente. Sin embargo, introduce una variación significativa: en lugar de una urgencia revolucionaria inmediata, parece proponer una reconstrucción reflexiva del pasado como herramienta para pensar el presente. Es un cine que incomoda desde la memoria.


Por otro lado, su duración puede resultar exigente para ciertos públicos, y su densidad conceptual demanda una atención activa. Además, la centralidad del obispo plantea preguntas legítimas sobre la representación de otras subjetividades. Pero quizá ahí radica también su potencia: en obligarnos a pensar no sólo en lo que muestra, sino en lo que aún falta por narrar.


“Obispo rojo” no es un documental para ver en piloto automático. Es una experiencia que exige tiempo, atención y disposición crítica; pero sobre todo, es una obra necesaria en un momento donde la memoria histórica es indispensable. Nos recuerda que la fe puede ser también una forma de rebeldía, y que el poder, incluso el más institucionalizado, siempre puede ser fisurado desde dentro.


Salir de la sala después de ver este documental no debería ser un acto pasivo. La invitación es clara y pertinente: cuestionar, investigar y dialogar. Porque si algo deja claro Taboada es que la historia no está escrita sólo de una manera y para siempre, y que el cine, cuando se toma en serio, puede ser una trinchera poderosa y efectiva.

-Maricruz Gómez-


Crédito de Fotografía: Maricruz Gómez López

Estreno en la Ciudad de México: 9 de abril de 2026 en Cineteca Nacional (Xoco), Cineteca de las Artes, Cinépolis, Cinemex y Cine Tonalá.


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