miércoles, 8 de abril de 2026

Obispo Rojo: cuando la fe deja de obedecer y se convierte en resistencia

 “Obispo Rojo” | Dir. Francesco Taboada Tabone | México | 2024 | 185 mins.


Un obispo que decide ponerse del lado de las personas oprimidas debe enfrentar la persecución de la Iglesia y el poder político para proteger a su comunidad, aun cuando esa lucha lo conduzca a situaciones difíciles, demostrando que la fe verdadera exige compromiso y no obediencia ciega.


Hay películas que incomodan lo suficiente como para obligarnos a repensar el mundo. “Obispo rojo” de Francesco Taboada Tabone, pertenece claramente a las segundas. No es un documental complaciente ni ligero, es una obra densa, provocadora y profundamente política que, desde sus primeros minutos, nos lanza una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué ocurre cuando la fe deja de obedecer y comienza a resistir?


La película tuvo su premier el pasado 7 de abril en la Sala 10 de la Cineteca Nacional (Xoco), y su estreno comercial este 9 de abril la posiciona como una de las propuestas documentales más relevantes del circuito actual, con presencia tanto en salas comerciales (Cinépolis y Cinemex) como en espacios clave del cine independiente como Cine Tonalá y la propia Cineteca Nacional y de las Artes. No es menor, su distribución, a cargo de Alfhaville Cinema, ya anticipa una conversación pública que trasciende lo cinematográfico.



Crédito de Fotografía: Maricruz Gómez López


Francesco Taboada Tabone (1973), cineasta morelense con formación en comunicación y estudios mesoamericanos, ha construido a lo largo de su trayectoria una filmografía comprometida con la memoria histórica y las luchas sociales. Desde “Los últimos zapatistas” (2001) hasta “13 pueblos en defensa del agua, el aire y la tierra” (2008), su mirada ha sido consistente: el cine como herramienta de resistencia. En “Obispo rojo”, ese compromiso alcanza una madurez notable. Aquí interviene activamente en la memoria latinoamericana, desenterrando una figura incómoda para las narrativas oficiales: Sergio Méndez Arceo.


El documental, de casi tres horas de duración, reconstruye la vida del obispo de Cuernavaca que, en pleno contexto de la Guerra Fría, decidió romper con la Iglesia tradicional para abrazar la teología de la liberación y alinearse con obreros, campesinos, exiliados y movimientos sociales. A través de una investigación hemerográfica rigurosa, material de archivo inédito y testimonios de figuras como Enrique Dussel, Leonardo Boff, Silvia Marcos o Teresa Forcades, la película no sólo recupera a un personaje silenciado, sino que lo reinstala como un actor clave en la historia social, política y religiosa de América Latina.


Crédito de Fotografía: Maricruz Gómez López


El documental abre con una escena reconstruida que funciona como declaración de intenciones: el momento en que nace el mote “Obispo Rojo”. A su regreso del encuentro Católicos por el socialismo (1973), celebrado en el Chile de Salvador Allende, Sergio Méndez Arceo es recibido en el aeropuerto por un grupo extremista que lo agrede arrojándole tinta roja, en un acto que mezcla violencia simbólica y escarmiento político. La secuencia, cargada de tensión, no sólo marca el origen del apodo impuesto por la prensa derechista, sino que instala desde el inicio el conflicto central: un obispo que ha decidido dejar de ser juez para convertirse en parte. La imagen de su cuerpo manchado de rojo condensa, con potencia visual, la incomodidad que genera una fe que se alinea con los pobres y la actitud paciente de Mendez Arceo. Así, la película no tarda en posicionar a su protagonista como una figura disidente, alguien que encarna, desde el primer plano, esa consigna urgente y profundamente política: hacen falta obispos del lado de los pobres.


Por otra parte, uno de los mayores aciertos del filme está en su estructura narrativa. Taboada evita la biografía lineal para apostar por bloques temáticos que permiten observar la transformación ética del personaje, de una postura conservadora a una espiritualidad comprometida con las personas oprimidas. El punto de quiebre: cuando un obrero le confronta diciéndole “usted no sabe nada de los pobres”, no sólo humaniza al obispo, sino que condensa el núcleo político del documental: escuchar al otro implica renunciar al privilegio.


Por otra parte, “Obispo rojo” se distancia del documental histórico tradicional y se acerca al contracine. La inclusión de dramatizaciones, “falsos archivos” y una estética que dialoga con el cine setentero rompe con la ilusión de objetividad. Aquí la historia no es un archivo neutro, tal como Mendez afirmó no ser neutral, sino parte, sino una construcción ideológica en disputa. Esta decisión no es menor, en un contexto donde las derechas endurecen sus discursos, disputar la forma de narrar el pasado es también una forma de acción política.


Visualmente, la fotografía de Fernanda Robinson logra una integración orgánica entre archivo en blanco y negro y material contemporáneo, generando una temporalidad expandida donde pasado y presente dialogan constantemente. Destaca el acompañamiento musical, que oscila entre lo litúrgico, el mariachi y el jazz, que refuerza esta tensión entre lo institucional y lo popular, entre lo sagrado y lo disidente. El testimonio de Tino Contreras resulta relevante y complementa perfectamente con el uso de “Santo” como leitmotiv. También es particularmente potente el uso del mariachi en la misa, que funciona muy bien para marcar la ruptura simbólica con la solemnidad eclesial tradicional.


Un elemento que merece particular atención es el cartel oficial de la película, diseñado por el estudio mexicano Gran OM, reconocido por su trabajo en gráfica cultural y cinematográfica con fuerte carga simbólica y política, ya que incluye a personajes relevantemente históricos como Lucio Cabañas, Salvador Allende y “El Ché” Guevara y quienes participan brindando su testimonio como Fray Gabriel Chávez de la Mora. Este colectivo ha construido una identidad visual que dialoga con la tradición del cartel político latinoamericano, por ejemplo, el mexicano de los años sesenta y setenta, donde la imagen no sólo promociona, sino que también toma postura. En el caso de “Obispo rojo”, el cartel apuesta por una estética contundente: el uso del rojo no es casual, funciona como signo ideológico que remite tanto a la acusación histórica hacia Méndez Arceo como a su vínculo con las luchas sociales. La composición, que privilegia el rostro del obispo en clave casi icónica, lo sitúa entre lo sacro y lo insurgente, tensionando la idea tradicional de autoridad religiosa. Hay en su diseño una economía visual que potencia su impacto: no satura, sino que condensa. Así, el cartel no sólo acompaña a la película, extiende su discurso, convirtiéndose en una pieza que dialoga con la memoria gráfica de la resistencia y que, al igual que el documental, nos recuerda que toda imagen también es un campo de disputa.


Este documental también parece abrir un terreno fértil y problemático. Por un lado, propone una masculinidad disidente: Méndez Arceo no es el patriarca autoritario, sino un sujeto que se deja interpelar, que escucha, que se alinea con las luchas sociales e incluso sostiene posturas progresistas sobre el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Por otro, persiste el riesgo de la narrativa del “gran hombre”, donde las mujeres y las colectividades pueden quedar en segundo plano. No obstante, la inclusión de voces como Sylvia Marcos y Teresa Forcades sugiere una tentativa de descentralización del relato, apostando por una construcción coral del pensamiento.


El documental también dialoga con otras obras que han explorado la tensión entre Iglesia, cuerpo y disidencia. La referencia al convento de Ahuacatitlán y su vínculo con prácticas psicoanalíticas remite, inevitablemente, a “Feral" (2021) de Andrés Kaiser y al texto Pueblo rechazado de Vicente Leñero, en el que se basa el primero. En dichos casos, lo que emerge es una constante: las instituciones religiosas han reprimido sistemáticamente los intentos de transformación profunda, silenciando a quienes se atrevieron a imaginar otras formas de espiritualidad.


En términos más amplios, “Obispo rojo” parece inscribirse en la tradición del Tercer Cine latinoamericano, particularmente en su vocación de intervenir en la realidad más que representarla pasivamente. Sin embargo, introduce una variación significativa: en lugar de una urgencia revolucionaria inmediata, parece proponer una reconstrucción reflexiva del pasado como herramienta para pensar el presente. Es un cine que incomoda desde la memoria.


Por otro lado, su duración puede resultar exigente para ciertos públicos, y su densidad conceptual demanda una atención activa. Además, la centralidad del obispo plantea preguntas legítimas sobre la representación de otras subjetividades. Pero quizá ahí radica también su potencia: en obligarnos a pensar no sólo en lo que muestra, sino en lo que aún falta por narrar.


“Obispo rojo” no es un documental para ver en piloto automático. Es una experiencia que exige tiempo, atención y disposición crítica; pero sobre todo, es una obra necesaria en un momento donde la memoria histórica es indispensable. Nos recuerda que la fe puede ser también una forma de rebeldía, y que el poder, incluso el más institucionalizado, siempre puede ser fisurado desde dentro.


Salir de la sala después de ver este documental no debería ser un acto pasivo. La invitación nos parece pertinente: cuestionar, investigar y dialogar. Porque si algo deja claro Taboada es que la historia no está escrita sólo de una manera y para siempre, y que el cine, cuando se toma en serio, puede ser una trinchera poderosa y efectiva.

-Maricruz Gómez-


Crédito de Fotografía: Maricruz Gómez López

Estreno en la Ciudad de México: 9 de abril de 2026 en Cineteca Nacional (Xoco), Cineteca de las Artes, Cinépolis, Cinemex y Cine Tonalá.


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